La gran mentira de la Inteligencia Artificial

Cuando la adopción tecnológica sustituye a la claridad estratégica y la actividad reemplaza al impacto económico real

Imagen Generada con IA – Prompt de Néstor Altuve

Por Néstor Altuve – @nestoraltuveinfo@nestoraltuve.com

En casi todas las juntas directivas ocurre lo mismo. La inteligencia artificial aparece en la agenda como un punto inevitable. Se presentan avances, pilotos, herramientas implementadas, dashboards funcionando y equipos capacitados. El lenguaje es sofisticado, las gráficas son convincentes y la narrativa transmite sensación de movimiento. Sin embargo, cuando la conversación se desplaza del terreno técnico al económico, cuando un director pregunta con serenidad “¿cómo impacta esto nuestros ingresos, nuestros márgenes o nuestro riesgo estructural?”, el ambiente cambia. No porque la IA no funcione, sino porque en demasiados casos la conexión entre tecnología y resultado financiero nunca fue definida con rigor desde el inicio.

La gran mentira no es tecnológica. Es ejecutiva. Se ha instalado la idea de que adoptar inteligencia artificial equivale a avanzar estratégicamente. Pero adoptar no es decidir. Implementar no es monetizar. Automatizar no es transformar. Desde la perspectiva de la alta dirección, el único criterio que separa la innovación real del entusiasmo bien presentado es su capacidad de alterar decisiones que mueven el resultado. Si la IA no mejora cómo se fijan precios, cómo se asigna capital, cómo se priorizan clientes, cómo se gestiona inventario o cómo se mitigan riesgos críticos, entonces no es una palanca estratégica. Es una herramienta operativa con narrativa atractiva.

En las salas de junta el problema rara vez es la falta de información. El problema es la falta de claridad sobre qué decisiones son verdaderamente determinantes para el negocio. Cuando esa claridad no existe, la inteligencia artificial se dispersa en múltiples iniciativas bien intencionadas pero desconectadas entre sí. Se optimizan procesos secundarios mientras las decisiones estructurales permanecen intactas. Se reportan mejoras de eficiencia sin impacto material en el estado de resultados. Se celebra la adopción mientras el margen no se mueve. La IA no crea ese desorden, lo amplifica. Si la estrategia es difusa, la tecnología acelera la difusión. Si el foco es claro, la tecnología multiplica el efecto.

Para un CEO, el riesgo no es quedarse atrás tecnológicamente. El riesgo real es asignar capital a iniciativas cuya hipótesis de impacto nunca fue hecha explícita. Cada proyecto de IA que no está anclado a una decisión económica concreta consume algo más valioso que presupuesto: consume tiempo directivo, atención estratégica y credibilidad interna. Después de varios intentos sin retorno visible, la organización empieza a desarrollar escepticismo. Y cuando el escepticismo se instala en la cultura, incluso las iniciativas correctas encuentran resistencia.

La conversación que debería dominar la agenda no es “¿qué podemos hacer con inteligencia artificial?”, sino “¿qué decisión crítica del negocio puede tomarse mejor, más rápido o con menor incertidumbre gracias a ella?”. Ese cambio de enfoque transforma por completo el debate. Obliga a identificar primero dónde se crea y dónde se destruye valor. Obliga a priorizar. Obliga a renunciar a casos de uso interesantes, pero económicamente irrelevantes. Y devuelve la responsabilidad al lugar correcto: la alta dirección.

La inteligencia artificial se está comoditizando con rapidez. El acceso a modelos avanzados ya no es una ventaja en sí mismo. Lo que no se comoditiza es el criterio. Lo que no se compra en el mercado es la capacidad de conectar tecnología con decisiones estratégicas que alteran el desempeño financiero. En el entorno actual, la verdadera diferencia competitiva no estará en quién tenga más IA en su organización, sino en quién tenga mayor disciplina para usarla donde realmente importa y detenerla donde no.

La gran mentira de la inteligencia artificial es creer que, por el simple hecho de estar presente en la empresa, generará valor. La verdad es más exigente. Solo lo hará si mejora decisiones que impactan el resultado. Todo lo demás es actividad. Y en una junta directiva responsable, la actividad sin impacto no es progreso. Es costo.

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